viernes, 12 de agosto de 2011

La muerte de Judas Iscariote





El infierno de Judas Iscariote


Encadenada yace una parte de
mi alma, atada
a un olivo sepultado
en las arenas del tiempo;

Porque con el beso de la traición
descolgué todos los astros del firmamento
el día en que vendí a La Luz del Mundo,
el día en que sobre mis hombros endebles
cayó la sangre sagrada del Verbo
e incontables cruces de ceniza florecieron
como puñales de condenación
sobre la higuera agusanada de mi corazón.

“Eli, Eli, lamma sabactani”,
diré con El Hijo del Hombre, repetiré por los
siglos de los siglos ahora que Dios
se ha ido de mi mundo, ahora que mi mundo
no es el mundo de los hombres
sino una exteriorización horrenda de mis propios
paisajes interiores, de mi propia alma
atormentada por las serpientes
del odio que entre noches sin luna a mi
imagen se enroscan…

Y sueño que mi cabeza está en un plato
como en un plato estuvo la cabeza de El Bautista;
y es la hija de Herodías una mujer gigante
en cuyos ojos, divididos cual los ojos de una mosca, están
los ojos de todos los hombres que me acusan,
que me llaman “traidor” y me obligan a aborrecerme,
a romper la piel de mis nudillos
golpeando una y otra vez el espejo, a condenarme
sin piedad aunque sé
que El Maestro ya me perdonó
pero sin embargo, generación tras generación,
los hombres apedrean mi nombre
en cada iglesia de este orbe sombrío do los
mismos que anuncian al Salvador
no se cansan de anunciar la eternidad del fuego
para los “impíos” e “impuros”.

Y soy yo, soy yo quien no perdona a
El Traidor; quien en la Jerusalén de sus pesadillas
es siempre invierno, no existe el día y la nieve
no cesa, no para de caer sobre la ciudad vacía
de todo salvo de la sombra de mi pecado, de esa
horda de ensangrentadas manos que por
los techos se mueven, por el suelo reptan y
en las paredes de las sinagogas escriben
“Judas es un alma muerta, Judas es un
alma sin salvación”…

“¿Quién me redimirá del frío? ¿Quién
me redimirá del frío?”, pregunto
mirando el firmamento sin estrellas para luego cerrar
los ojos y allí, en las aguas irremediablemente
negras del lago de mí ser,
ver a reflejada la imagen de Jesús, la recurrente
imagen de mi amado maestro llorando
en Getsemaní, sudando sangre en Getsemaní y luego
llorando, llorando nuevamente de espaldas a mí,
arrodillado sobre la nieve de mi Jerusalén vacía con
su rostro entre las manos, entre las manos blancas,
puras como mirada de niño, níveas como la luz
que nunca tuve para ver que su reino no era de este
mundo.

“En la casa de mi padre hay muchas habitaciones”,
dice a veces el buen Jesús cuando
en la escarcha me duermo a solas con mi tristeza
y retrocedo, vuelvo al tiempo en que su
sonrisa iluminaba la Tierra y, sentado entre las
multitudes, derribaba los muros
de la noche con palabras como “Amen a sus enemigos,
hagan el bien a los que los odian”.

Pero ahora es solo el frío,
el frío y mi rostro hundido entre mis manos
cual un barco destrozado al fondo del mar;
solo las cadenas, las cadenas que cobran vida,
se agitan en torno a mi corazón y lo traspasan,
entran y salen de él esparciendo sus escombros
sobre esta sinagoga en la que sollozo
porque El Padre no está,
porque El Padre se fue;
y mi espíritu es un sepulcro abandonado
en que Jesús jamás resucitó,
en que no hallo de mí más que incontables
ojos que estallan en la penumbra,
que se multiplican para morir entre las rocas,
para morir desgarrados en el aire;
cantando con su sangre “Señor ten piedad,
Cristo ten piedad”;

Mas agrieta mis plegarias la escarcha de las
madrugadas, y esas sombras que rugen
y matan, que mi garganta
inmolan cual carnero al espanto
tributado;
nada pueden mis ojos sin luz rescatar
de lo ido,
nada puede mi mirada por el hielo asesinada,
rescatar de los restos del sol
que ha caído, para siempre en las calles tan solas,
tan mustias, do entre el polvo
de mis huesos el viento juguetea,
como un infante de fosca mirada
que un presagio fuera,
de esas noches que vendrán en incesante
monotonía, series iguales, homogéneas,
de La Luz, oh, de La Luz
ya sin vida…

Silbándome a veces colores aciagos,
sonidos turbios como el zumbido
de las moscas saboreando, en un rincón mohoso del recuerdo,
las entrañas esparcidas de mi cuerpo de ahorcado,
los restos aún frescos de mis sesos
retorcidos, de mis sesos de traidor brillando sobre
la tierra árida, regada únicamente
con el jugo amargo de mis venas malditas, sucias
y desgraciadas cual leproso que El Maestro
no sanó…

Aceldama…(sobre los árboles secos susurran los cuervos)
Aceldama…(gime mi alma como un feto encogida)
Aceldama…(bajo los árboles secos canta mi sangre aún fresca)

Y queda de aquel día por eclipses marcado,
queda solo este exilio sin fin
y ese ruido como grito de crucificado, ese ruido
metálico, duro como el destino…

Ese ruido de plata con que sellé
aquel día la muerte de El Verbo…

Andará por eso eternamente, mi alma de lobo
por los bosques del tormento huyendo,
huyendo sin cesar del ruido de esas treinta monedas
que caen, que caen y en mi mente ―suelo de un
templo en perpetua ruina― adquieren
el silbido del látigo que escribe la pequeñez
humana al caer sobre El Hijo del Hombre,
sobre La Luz del Mundo
que aún me sonríe en el recuerdo
diciéndome amorosa “yo te perdono, Judas,
yo te perdono”

Mas lo busco y ya no está:
también en mi corazón lo hice
crucificar…

No volverán,
no volverán a mirarme esos ojos
sinceros e infinitos…

Solo me verán
ya las cuencas vacías de mis demonios
interiores y los iris rabiosos
de esas caras que me imprecan desde
el otro lado de la niebla salpicada, teñida
por la sangre acumulada
sobre los siglos de La Oscuridad que fue, es y será
siempre una legión de lombrices ciegas
retorciéndose bajo las bóvedas craneales de los hombres
pertenecientes a mi estirpe, a mi raza de cerdos
que pisotean perlas y margaritas, que venden
cada día a aquel que nos envío “El padre
de los espíritus”

“Eli, Eli, lamma sabactani”,
diré una y otra vez revolcándome sobre
la nieve de esta Jerusalén
do la presencia de El Caído ―por el odio
a mí mismo convocada― me azota
bajo la forma de una escena terrible,
de un cuadro aciago que entre relámpagos
de llanto ahorcado se pronuncia
insistente entre las reiteraciones del delirio:
Yo, Judas, agonizante
en la cruz invertida que sostiene, como
un desafío contra el cielo, entre montañas escarpadas
el gigante
con cabeza de carnero y seis hileras
de ojos sin luz;
yo, El Traidor, clavado
en ese signo blasfemo que La Bestia
agita mientras mira al cielo y ruge, ciega de ira,
entre esas cordilleras marrones donde
lo único que crece son los empalados
que en el cieno del mundo el
camino perdieron…


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