lunes, 31 de enero de 2011

Análisis de El Puente de Franz Kafka


 

Para analizar El Puente he elegido el método deconstructivo de Derrida, método que como es sabido parte del ataque a la noción de centro de estructura y consiste no solamente en encontrar e invertir la jerarquía del texto sino en evitar la consolidación de cualquier jerarquía (cuestionando así la nacida de la inversión de la jerarquía original).
            Entrando en materia, algo que habría que señalarse es que la jerarquía es un concepto que puede verse manifestado no solo en el plano semántico de la historia narrada sino también en el plano discursivo o más precisamente en el plano o nivel de la enunciación; aunque, como luego se observará, en el desarrollo del análisis no solo resultará difícil sino incluso improductivo el separar ambas realidades Veamos.


            Si hay algo que llama la atención, y que es lo primero que debería mencionarse al abordar este texto desde la deconstrucción derridiana, es el hecho de que el texto mismo opere una especie de deconstrucción en el nivel de la enunciación, nivel que en este cuento presenta una voz que no solo existe en el discurso sino que tiene correspondencia con el protagonista de la historia; pero, no obstante aquello, esta voz que por ser la del protagonista participa de la ficción creada y por ende del plano semántico, se muestra como una voz inestable, como una voz que no se queda fija en su sujeto sino que a veces migra e incluso se desdobla en ciertas partes para referirse a su yo como una otredad. De allí que el descentramiento ocasionado por esta voz sea un descentramiento psicológico que exprese la inestabilidad del yo, del sujeto y de la identidad o esencia. Esto último se ve muy bien al inicio del cuento cuando dice: ‹‹Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente›› (la negrita y el subrayado son míos). Así estamos ante el “Panta rei[1] de Heráclito, fórmula emblemática o por lo menos emblematizable del existencialismo (en los tiempos de Heráclito no se hablaba de existencialismo como tal aunque había existencialistas…), fórmula que nos sitúa ante una voz ―representante del yo y por tanto de la conciencia― que ha tenido una esencia-identidad determinada (la de ser puente) y que en el momento en que se sitúa ya la ha perdido. ‹‹››
            Pasando a otros ejemplos en que se ve el descentramiento de esta voz, podríamos citar lo siguiente: ‹‹A mí, a mí. Estírate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme›› y ‹‹¡El puente se da vuelta!››.

            Por otra parte, más allá de la descentración que se erige sobre la voz del relato, vemos que la descentración principal que constituye la ausencia de la fijeza de la esencia del ser, se alude también cuando la voz dice que: ‹‹ Ningún turista se animaba hasta estas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse››
            Mirando un poco más de cerca la afirmación antes citada, se descubre que aquel “dejar de ser puente sin derrumbarse” nos remite a la tan conocida respuesta que Cortázar dio cuando se le preguntó qué era un puente: ‹‹Un puente es un hombre cruzando un puente, che››. Una respuesta que, como vemos, nos da a entender que la esencia se sustenta sobre la función, de allí que Cortázar haya así mismo dicho que un puente “no es verdaderamente un puente hasta que los hombres no lo crucen”. Así, este puente del cuento no puede ser tal sin una determinada otredad ante la cual y para la cual opera su función: el hombre. Pero he aquí que el puente que habla es un puente humanizado, un puente que clava los dientes sobre el cieno y tiene pies y manos; de ese modo resulta evidente la alegoría, el hecho de que ese puente simbolice al individuo en tales y cuales aspectos de su condición humana. Concretamente hablando, se alude a aquel pensamiento sartreano de “el otro me hace ser como él me ve”; aunque, como luego se ve cuando la voz narra que un hombre con bastón lo golpeó y lo destruyó al saltar en medio de él, también se afirma, otra vez junto con Sartre, aquello de que “el infierno son los otros”. De ese modo la deconstrucción también opera sobre la concepción del otro, ya que se pasa de un otro que ‘me hace ser’ a un otro que me hace ‘dejar de ser‘, paso que bien mirado equivale, al menos desde ciertos parámetros, a pasar de la jerarquía otredad/yo a su jerarquía inversa de yo/otredad. Pero y entonces; ¿hablamos en realidad de ‘dejar de ser‘ o de ‘dejar de ser de cierto modo‘?: evidentemente lo segundo, ya que lo segundo implica la trascendencia del ente o ser con respecto a su esencia y posibilita ―en concordancia con la deconstrucción psicológica del yo y su identidad-esencia que hemos dicho que el texto opera― así la angustia del ser ante la nada entendida en términos de imposibilidad del ser para afirmarse en relación con lo que cree es su esencia; o, en otras palabras, ante la nada que constituye el vació sin esencia que es la conciencia.
            Dicho esto, cabe descubrir una última deconstrucción que el texto opera. Yendo al grano, vemos que la voz-conciencia se sitúa en un tiempo posterior a la destrucción de su esencia de puente. Se sitúa en un tiempo en el cual sus restos se han diluido entre las rocas y el agua de aquel veloz río que fluía al fondo del abismo. Cabría entonces establecer dos posibilidades, siendo que en cada una se establecería un eje de sentido que vendría a corresponderse con la noción de <<centro>> y, de ese modo, al ser imposible resolver la disyunción y establecer una u otra posibilidad, se tiene que el texto, en tanto que por sus mismos procesos semióticos produce y sustenta esta disyunción, vuelve a operar así otra disyunción más. Veamos.
            Tenemos pues por una parte que las rocas y el río simbolizan a la Naturaleza. La Naturaleza es un absoluto e incluso, entendida en el sentido más amplio, es el todo, todo del cual el hombre es solo una parte. Así, según esta interpretación la muerte devendría en un paso de la finitud a la infinitud, de la nada que implica la condición humana al todo. Por otra parte, si negamos esa unión con la naturaleza entonces vemos que la nada de la conciencia se mantiene; pero, y he aquí la gran diferencia, con la imposibilidad de la ilusión fenomenológica de creerse en identidad con tal o cual esencia: estaríamos entonces ante el paso de la conciencia y su ilusión en relación al ser-en-la-esencia a la pura nada de la conciencia sin posibilidad de cobrar (ilusoriamente) unos rasgos que le den esencia.


[1] “Todo fluye”

5 comentarios:

  1. no entendi ni madres,podrias haber sido mas especifico,concreto,directo y claro!!!!
    no te parece?

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  2. JAJAJAJAJAJJA! Es difícil ser concreto cuando se sigue la hermenéutica de la Deconstrucción. Además, hijo: ¡en la abstracción y la complejidad descansa a veces la belleza! :) Y pos, si le pones más cabeza lo entenderás, en mi aula universitaria todos lo entendieron.

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  3. A mi me quedo muy claro... sobre todo lo que dices de la inestabilidad del ''yo''. De hecho, creo que me aclaró mucho más el cuento.


    Gracias!

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  4. Soy Contador Público, primera vez que lo leo y la verdad me gustó mucho como Franz Kafka vive su realidad y me recordó cuando estaba superando problemas personales cuando tenía de 19 a 25 años.

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  5. que mierda de explicación. no entendí ni pincho, solo quería saber el análisis literario :v

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