lunes, 6 de septiembre de 2010

Reflexiones heterodoxas sobre el resentimiento


Dadas las toneladas de afecto que derramó el país en los días posteriores a la muerte de Alfonsín y la docena y media de lectores de TP que me acusaron de resentido después de mi primer artículo para esta sección, sólo puedo hacer enojar un poco más a mi amigo Huili Raffo, a quien conozco desde hace décadas (y tal vez por eso me deja escribir acá, aun cuando nuestras vidas y nuestras ideas ya casi no tienen nada que ver las unas con las otras.)
Ante la embestida del dialoguismo conservador, no puedo hacer otra cosa que confesar mi resentimiento. Y no sólo eso: también defenderlo, como motor original de la lucha por una sociedad más equitativa. Sin resentimiento no habría vida política. Y a eso apuntan los nuevos exégetas del consenso y la concordia, dos eufemismos para el inmovilismo y la represión discursiva de la ebullición popular.
El resentimiento es el pariente maldito de la envidia, una pasión argentina y conservadora, que llora en silencio lo que no puede conseguir en público. El envidioso no sabe que la injusticia es estructural: cree que el problema es entre él y el vecino hijo de puta que se compró un Audi o se hizo una pileta vendiendo latas de atún vencidas en los comedores escolares de Lanús Oeste. O, como mucho, cree que el problema es la corrupción, otro mito expiatorio de la derecha que pronto nos encargaremos de derrumbar aquí. (No hay justicia social sin corrupción. La corrupción es la F-100 que lleva la política hasta el barro del conurbano. Sin la “corrupción” de los punteros, las figuras más incomprendidas de nuestra identidad política, el Estado no sabría cómo llegar a los rincones olvidados de la Patria.)
La envidia se resuelve —se disuelve— ante el progreso o la cooptación del envidioso. Pero el resentido, en cambio, está infectado. Sabe que la culpa de sus problemas no la tienen él ni su vecino, sino un sistema injusto que reparte arbitrariamente (cuando está inspirado) o decididamente a favor de quienes menos se lo merecen (el resto del tiempo). El resentido ha experimentado las sensaciones del envidioso, pero también ha logrado percibir el vacío social que su falta de proyecto exhibe como decadencia, como crisis y como inmovilidad. El resentido es un envidioso que ha crecido hasta comprender la injusticia cósmica del capitalismo. La bronca, la furia y el veneno que devienen de esta operación son el combustible indispensable para cambiar las cosas. El resentimiento es la nafta, el Red Bull que nos permite seguir luchando por la justicia social después de todas estas décadas de derrotas enormes y victorias mínimas.
No estoy diciendo nada nuevo. Ya lo escribió hace un año la notable María Esperanza Casullo en La Barbarie: “Por suerte hay resentidos. Si no, no habría esperanza ninguna de cambio”. Y ya lo había dicho, mucho antes, Nietszche, el primero en identificar correctamente que “los hombres que buscan transformar la realidad son resentidos”, aun cuando sus condiciones objetivas no le permitieran celebrar esta idea como corresponde. La clarividencia de Nietszche le hizo ver tempranamente que “la democracia moderna es la forma histórica de la decadencia del Estado”, pero el incipiente imperialismo de Bismarck sólo le permitía imaginar modelos superadores individualistas e igualmente injustos. Lo que María Esperanza entiende, a diferencia de Nietszche, es que el poder democrático no sólo se sostiene con la violencia de su “paz”, sino que también se sostiene con la filosofía de los burócratas de la epistemología, o con la vulgarización que de esta “episteme” realizan los “republicanos” y los periodistas.
Cuando esos sectores nos acusan de resentidos, no hacen más que revelar su alma de carceleros: quieren decirnos que nos quedemos quietos, que no hagamos preguntas incómodas. Que no hagamos olas. Que no desafiemos el statu quo. Los resentidos somos los hinchapelotas que no nos conformamos nunca, que siempre estamos exigiendo más. La bronca es nuestro faro, nuestra alarma y nuestra brújula. Y si ser resentido significa ser un hinchapelotas que está siempre del lado de los excluídos, entonces acepto la etiqueta con honor y agradecimiento.
Escribo estas líneas y un poco me emociono. Me emociona reconocerme como un resentido. Me hace sentirme orgulloso de mí mismo y de otros resentidos que he conocido en mi vida. Dos de ellos, me permito decir, son Néstor y Cristina, dos cuadros políticos que usan el resentimiento como su espada y su alimento. Sin resentimiento no habría actos en la ESMA, ni pago al FMI, ni re-soberanización de las AFJP. El mejor kirchnerismo ha estado siempre inspirado en un resentimiento profundo y envenenado, viscoso y maloliente. Para quienes todavía nos admitimos como kirchneristas, una parte importante de nuestra emoción es reconocer nuestro resentimiento en el resentimiento de Néstor y Kirchner. Su bronca es nuestra bronca. Sus enemigos son nuestros enemigos. Y la historia, entonces, es ese movimiento de la libertad que transforma el resentimiento en actos concretos y nos conduce a las coyunturas de la liberación. Cuando el “resentido” decide actuar se convierte en héroe, se convierte en símbolo.
Por eso defiendo con orgullo mi resentimiento: porque es mi manera de meter las patas en la fuente. De escupirles el asado a mis vecinos pedorros y achanchados, lectores de Perfil y Crítica. Como Alfonsín, otro resentido hermoso, lleno de dolor y bronca, a quien ahora han querido tapizar con el cuero burgués del diálogo y el consenso. Los mejores –Alfonsín, Néstor, Evita, Jesucristo– siempre hemos sido resentidos.
El consenso duerme: es el somnífero de los medios para narcotizarnos en la inercia del statu quo. El resentimiento es energía, nos recuerda que estamos vivos: es un grito de libertad, el nervio vivo de la rebeldía encarnada, exhausto y urgente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario